sábado, 22 de octubre de 2016

Añoranza... ¿qué es eso?

Lo añorarás, si. Porque aunque en este preciso momento creas que no, lo añorarás. Quizá no mañana, tampoco pasado, pero sí en un tiempo más corto del que te piensas.

Tendemos a creer que los momentos son eternos, los días muy largos, lo meses ni te digo y de un año ya, ni hablemos. Pensamos que la rutina es lo peor. Esta rutina, la de ahora. Claro, que también pensábamos lo mismo de la rutina de hace un par de años... o si no, echa la vista atrás.

Añorarás ser niño cuando seas mayor; qué paradoja... ¿no?. Paradoja porque deseábamos ser mayores para poder hacer lo que quisiéramos, porque queríamos que no nos mandaran deberes o que no nos hicieran madrugar para sentarnos dentro de cuatro paredes a escuchar a un profesor pirado, porque es lo que pensábamos. Y las tardes en el parque con tus amigos cuando eras pequeño... venga ¿me vas a decir que no echas eso de menos? Las tardes largas jugando y jugando al escondite y peleando por ver quien gustaba más a quien. Y ya no hablemos de esas actividades tan chulas (pero tan odiadas de pequeños) y por las que ahora damos gracias a nuestros padres; esas tardes de inglés, de nuestro deporte favorito o de hacer música.

Luego, añorarás tus días de instituto; sí, como lees. Echarás de menos esas quejas cuando decíamos: "jo, cuantos exámenes y tarea, que rollo estudiar". Pero ahí, no teníamos más problemas ni obligaciones, nuestro mayor problema era sacar más de un cinco en un examen para que en casa no nos castigaran sin ir a esa fiesta de cumpleaños que tanto queríamos o sin coger el ordenador para echar un vistazo a nuestros mensajes privados de Tuenti. Y... ¿qué me decís de las tardes de trabajos?, sí, esos trabajos en grupo que tanto se odiaban pero que nos hacían pasar tardes entre risas y más risas, y entre nervios también cuando teníamos que exponer ante el temido profesor.

Y luego llega la querida universidad.... Todos hemos vivido ese año intenso de bachillerato donde nuestros profesores decían... "la universidad será la mejor etapa de vuestras vidas"; y tú pensabas que estaba loco... ¿cómo iba a ser lo mejor matarte a estudiar?. Pero llegas a la universidad y allí echas de menos las fiestas de los pueblos, tus amigos, tu familia, el plato de comida caliente en la mesa cuando llegabas enfadado de una mañana de clases de instituto que había sido lo peor para ti.

El tiempo pasa, haces amigos en la universidad, formas una nueva familia, te acostumbras y haces fiestas, quedadas y miles de locuras.. pero te sigues quejando porque tienes que estudiar en navidad por la cantidad de trabajos que mandan por el querido plan Bolonia. Todo eso pasa, te gradúas y... TACHÁN! vuelves a casa, a tu vida anterior... o no, porque otros toman el camino de seguir estudiando o de marcharse lejos a trabajar.

Pero ahora, en este momento echas de menos ser niño porque ahí el dinero no importaba, el orgullo se tragaba, los amigos eran de verdad. Te acuerdas de tus días de instituto, de tus amigos, de todo lo nuevo que descubriste en aquellos años, nuevas experiencias... y ya, si hablamos de la vida universitaria ni te digo lo ñoños que nos ponemos.

Lo triste es que el ser humano no disfruta de los momentos (bueno, algunos sí, pero son la excepción) porque siempre pensamos en el mañana, en acabar con esta maldita rutina (pensando que llevamos la peor vida y que nuestra vida es una monotonía), en que pase la vida. No nos damos cuenta de que la vida es lo que ya está pasando. De que debemos valoran un buen café con amigas, una charla con alguien que hace tiempo que no ves, una buena comida por sorpresa o un viaje inesperado... porque echar de menos es imposible, pero disfrutar hoy lo tenemos en nuestra mano.

martes, 27 de septiembre de 2016

Todos necesitamos a "alguien"

Todos necesitamos a alguien. Alguien que nos cuide, alguien que nos proteja, alguien que nos siga mirando fijamente cuando tengamos los ojos cerrados.

Alguien que nos haga temblar con solo oír su voz y que nos haga llorar con los pequeños detalles. Alguien que nos quiera cuando no nos queramos ni a nosotros mismos y que nos haga ver lo bonito que es la vida sólo porque nosotros existimos. Alguien que nos quiera no por lo que tenemos, si no por lo que en realidad somos.

Alguien que nos quiera por nuestras locuras, por nuestros gritos, por nuestros bailes bajo la lluvia. Alguien que nos ponga buena cara ante el peor de los problemas y que nos dé la suficiente confianza para saber que todo va a salir bien.

Alguien que nos quiera recién levantados, despeinados, al natural, sin tapujos, sin maquillajes, sin caretas falsas. Alguien que nos cuide cuando no queramos estar en este mundo ni saber nada de nadie. Alguien que nos haga reír con lo mínimo y que haga de una discusión, una bonita reconciliación. Alguien que nos anime cuando nos falte el aliento, que nos sonría cuando nos estamos equivocando y diga "no pasa nada".

Pero también necesitamos a alguien que nos ponga las cosas claras, que nos diga lo que está bien y lo que está mal, alguien que nos ponga los pies en la tierra y que nos haga estar en las nubes, pero ver la realidad en los momentos adecuados.

Alguien que nos regañe cuando no hagamos las cosas bien, que nos aconseje cuando el egocentrismo se apodere de nuestra cabeza, alguien que nos dé una palmada a tiempo, cuando necesitemos espabilar.

Pero sí, todos, absolutamente todos, por mucho que lo neguemos, necesitamos a alguien.

jueves, 22 de septiembre de 2016

No me digas que me has echado de menos

No me digas que me has echado de menos porque si no, me derrito.

Sí, no he estado aquí, quizá tampoco he estado allí, posiblemente no haya estado en ningún sitio y solo haya estado dando tumbos de acá para allá. Pero lo importante es que vuelvo, vuelvo a mis raíces, a mi lugar de origen, al lugar que tanto me ha inspirado cuando más lo he necesitado... y, posiblemente me haya ayudado más que cualquier ser que haya en este planeta.

Por mucho que se oculte, mi pasión, bueno, una de ellas, es escribir(te). Sobre todo o sobre nada, pero escribir(te). Te puedo escribir la mayor de las alegrías, pero también la mayor de las decepciones. Sea lo que fuere, cualquier cosa ha marcado mi camino en este mundo, aunque sigo reencontrándome con él y buscando mi destino. O quizá, no. Quizá lo busco pero no lo encuentre, porque el destino es eso, destino. Impredecible, inmenso, tan cercano como mañana y tan lejano como el futuro.

No me digas que me has echado de menos, porque si no, me derrito. Y si me derrito no me marcharé jamás, nunca dejaré de hacer lo que marca mi vida y mi camino. Nunca me alejaré de ti.